El hombre es el único animal que come sin tener hambre, bebe sin tener sed y habla sin tener nada que decir.
-Mark Twain
En el universo de la serie televisiva de ciencia ficción creado por Eugene W. Roddenberry, la Federación Unida de Planetas (conocida también como la UFP (por sus siglas en inglés, "United Federation of Planets"), como su nombre indica, es un Estado federal interplanetario formado por más de 150 planetas miembros y unas mil colonias que se extiende por más de 8000 años luz en la Vía Láctea (Bragga, 2005). En el mundo real, la cuestión de una representación planetaria se tomó muy en serio, tanto así que Carl Sagan se planteaba lo siguiente: “Sabemos quién habla en nombre de las naciones. Pero ¿quién habla en nombre de la especie humana? ¿Quién habla en nombre de la Tierra?” (Sagan, 2004), concluyendo al final del libro que no es, sino que nosotros, la Humanidad, tenemos la obligación de hablar en nombre de la Tierra. Pero planteémonos aquí la cuestión: en el supuesto de contactar con inteligencias extraterrestres, ¿quién representaría a la Tierra? ¿Quién es o debería ser ese nosotros? ¿Hay algo ya dispuesto al respecto?, hasta el momento sabemos que sería un ser humano, aunque aún las autoridades internacionales no se han puesto de acuerdo con el protocolo a seguir. (Organización de las Naciones Unidas, 2010).
La conclusión a la que se llegó fue que es necesario un plan mundial para posibles contactos con extraterrestres, advirtiendo que los gobiernos del mundo han de prepararse para un encuentro con una civilización extraterrestre. La reunión terminaba con un llamamiento internacional a las Naciones Unidas para desarrollar un grupo de trabajo dedicado a “asuntos extraterrestres”. Pero ¿quién nos ha dado la Patria potestad sobre el planeta y sólo la ejercemos convenencieramente? ¿Será que nuestro territorial ego influenciado por nuestras tendencias religiosas se filtra en el antropocentrismo científico y nos hace creer que somos el culmen de la inteligencia, y -por tanto- los mejores representantes de nuestro planeta? (Conway Morris, 2011)
El tener la habilidad de hablar con los animales es uno de los sueños más ambiciosos y antiguos que la humanidad ha abrigado desde sus inicios, mismo que ha sido plasmado desde mitos, tradiciones chamánicas, fábulas, cuentos, etc. Hasta nuestros días a través de caricaturas, películas y libros de cuentos infantiles.
Ha sido demostrado que el Homo Sapiens sapiens no es el único ser inteligente en el planeta Tierra, la inteligencia no-humana tiene representantes sobresalientes como lo serían los grandes simios (gorilas, chimpancés, orangutanes y bonobos), cetáceos (delfines, orcas y ballenas) según el índice de encefalización (Gruart i Massó, 2009), por lo que si queremos hallar a algún representante digno debemos salir de nuestra área de confort antropocéntrico y percatarnos de la amplia gama de seres, también terrestres, que bien podrían ser dignos de ser portavoces mundiales.
De acuerdo con la teoría de la información, el lenguaje es un medio de intercambio de información (Shannon & Weaver, 1950) las palabras son la clave en las cuales la información está codificada en función de ser intercambiadas. En este proceso, la información es inicialmente una representación mental que reside en el cerebro, en el caso de los seres humanos, en forma de conexiones neuronales y señales químicas. En orden de transmitir esta información a otro cerebro, debemos codificarlo usando las reglas de lo que llamamos lenguaje.
Si pudiéramos encontrar animales en la naturaleza, en los cuales su sistema de comunicación compartiera algunas características con el nuestro, específicamente si estos animales mostraran claros signos de inteligencia, podríamos apoyar la idea de que necesitaríamos un lenguaje simbólico para mantener una comunicación lo suficientemente congruente para ser considerada inteligente (Ballesteros, 2010). Este podría ser una pregunta de convergencia evolutiva, por lo que repasemos a nuestros parientes evolutivos más cercanos.
Compartimos aproximadamente el 99% de nuestro ADN con chimpancés y bonobos, 98% con gorilas y 97% con orangutanes; así que ellos fueron los primeros candidatos enseñarles el lenguaje oral. Sin embargo las diferencias anatómicas con sus lenguas y aparatos respiratorios les hace difícil el vocalizar los sonidos del lenguaje humano (Wayman, 2011); con los cetáceos es también complejo usan otro sistema sensorial para comunicarse, por lo que no hay forma de entenderlos usando el nuestro (Schnoller, 2015) y el único experimento que ha querido acercarles el lenguaje oral -en el caso de los delfines- terminó en el fracaso del proyecto (Cunningham, 1967) y con el lenguaje de las ballenas en comparación con el lenguaje humano, que puede generar 10 bits de información por cada palabra que se dice, el canto de las ballenas alberga menos de un bit de información por segundo. A pesar de esta diferencia, y de que el lenguaje de las ballenas no tiene por lo demás mucho que ver con el nuestro (Suzuki, 2006).
Específicamente, Miyagawa y sus colaboradores piensan que algunas de las cualidades aparentemente infinitas del lenguaje humano moderno, a ser analizadas, muestran las cualidades finitas de los supuestos idiomas de otros animales.
Esto significa que la comunicación humana es más similar a la de otros animales de lo que generalmente se cree. "Sí, el lenguaje humano es único, pero al analizar sus dos partes se descubre que estas proceden en realidad de un estado finito, esos dos componentes tienen antecedentes en el mundo animal. De acuerdo con nuestra hipótesis, ambos se juntaron únicamente en el lenguaje humano" (Miyagawa, Ojima, Berwick, & Okanoya, 2013).
El investigador sostiene así que el lenguaje humano está formado por dos capas distintas: la capa expresiva, que se refiere a la estructura mutable de las frases; y la capa léxica, donde reside el contenido básico de las oraciones.
Esta idea, a su vez, está basada en los trabajos sobre lingüística de otros eruditos, como Noam Chomsky, Kenneth Hale o Samuel Jay Keyser. La capa expresiva y la capa léxica tienen sus antecedentes en los idiomas de las aves y otros mamíferos, respectivamente (Pinker, 2007).
Hasta ahora la responsabilidad del cuidado de este planeta recae en cada uno de nosotros. Hemos sido durante mucho tiempo, la principal causa de extinciones masivas, cambios climáticos, deforestación y contaminación; sin embargo, aunque fuimos causantes principales de estos problemas, somos a la vez, la mejor y más rápida solución. Contamos con una herramienta, que si bien no es perfecta y dista mucho de otorgarnos verdades absolutas, es sin lugar a dudas la mejor con la que contamos para lograr un equilibrio entre la naturaleza y la sociedad: este es el conocimiento, no desde una ciencia aislada sino desde el holismo de varias, tal sería para el estudio que propongo, la interdisciplinariedad que confiere el estudio de teorías de inteligencia artificial, lingüística, zoología, etnología, sociología, psicología, ciencias de la comunicación, proxémica, derecho internacional, etc.
Es a partir del desaprendizaje de la soberbia del antropocentrismo entenderemos a nuestros acompañantes planetarios y comprender así nuestro lugar real en este cosmos El usarla de forma responsable es el mayor legado que podemos dejar a las siguientes generaciones. Claro está que no todos piensan así, de hecho, muchos ni siquiera piensan en este asunto.
En la comunicación interespecies, aún falta mucho por hacer, mucho por conocer, pero sobre todo mucho que valorar y amar. Disfrutar y aprender en el viaje a través del espacio-tiempo del conocimiento nos llevara a quizá a la solución a cientos, tal vez miles de problemas que hoy en día aquejan a la civilización humana. La clave está en querer buscar, en querer cuestionar siempre con cuestión escéptica, qué podemos hacer para que este mundo cambie para ser uno más colaborativo, más equitativo donde todas las voces puedan ser escuchadas.
Bibliografía y referencias
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