En efecto, nuestra vida se compone de una serie de acontecimientos aleatorios, y estamos donde estamos gracias a ellos. Puede que no siempre sean positivos, pero nos ayudan a adaptarnos y a crecer de una forma que probablemente no habríamos conseguido de otro modo. Por eso debemos aceptarlos y estar abiertos a nuevas experiencias. Aunque nuestro cerebro ansíe el control, romper este hábito puede presentar oportunidades apasionantes.
Curiosamente, en los humanos, la aleatoriedad alcanza su punto álgido a los 25 años, por lo que es el momento perfecto para tomar decisiones no calculadas. A los 25 años, las personas pueden ser más listas que los ordenadores a la hora de generar este tipo de aleatoriedad.
Desgraciadamente, esta capacidad empieza a decaer de forma constante a los 60, ya que está directamente relacionada con nuestras capacidades cognitivas. Cabe mencionar que la edad es el único factor que parece afectar a la aleatoriedad. Ni el sexo, ni la lengua hablada, ni las creencias, ni el nivel educativo tuvieron ningún impacto.
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