
Muchos niños no comen brócoli, pero una investigación ha demostrado que solo puede considerarse que un 20% de ellos son “quisquillosos” con la comida. Y, a la mayoría, se les pasa a medida que van creciendo.
Las investigaciones también sugieren que ser quisquilloso puede llegar a ser un signo de hipersensibilidad que, en ocasiones, puede causar ansiedad social y depresión.
Nancy Zucker, directora del Centro de Trastornos Alimenticios de la Universidad de Duke, y sus colegas publicaron un estudio en 2020 analizando a niños quisquillosos con la comida de entre dos y seis años. Alrededor del 3% de aquellos niños que tenían dietas extremadamente limitadas corrían un mayor riesgo de padecer problemas de salud mental.
“Tenían el doble de probabilidades de ser diagnosticados con trastorno depresivo y siete veces más de que se les diagnosticara ansiedad social”, le comentó Zucker a NPR. Según ella, aquellos padres que están criando a un niño extremadamente quisquilloso con la comida deben ser conscientes de que esto podría ser señal de un problema mucho más grave.
Pero la mayoría de estos “quisquillosos” no lo son al extremo. No obstante, Zucker dice que vale la pena tratar de entender qué les sucede.
“Son mucho más sensibles al sabor, el olor, la textura y a ciertas señales visuales como, por ejemplo, la luz”.
Una vez más, en una situación en la que el niño tiene un paladar bastante limitado, Zucker recomienda a los padres que estén alertas pero que aun así no entren en pánico.
“Suelo pensar en estos niños como pequeños muy sensibles… Son muy sensibles tanto al mundo externo como a su mundo interno. Tienen, potencialmente, una experiencia de vida más rica y más vívida, lo cual no es patológico, pero podría tornarse una debilidad si cruza el umbral donde comienza a perjudicarlos”.
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