Lo primero que haré después de la cuarentena y de este lío pandémico es ir a un restaurante. Quiero ver qué se siente cuando te reciben, te sientan, te preguntan "¿qué quieres pedir?", te colman con frases como "excelente elección", te sirven una copa de Chardonnay y me ayudan a decidir qué postre pedir.
Y lo que es más importante, es la oportunidad de que te sonrían, con alegría y facilidad, como si no existiera nada más en este mundo que ese restaurante, la comida, tu acompañante... y el camarero.
Pero aquí es donde la cosa se complica. En un entorno tan encantador como el de un restaurante, los camareros tienen que lidiar, de vez en cuando, con una buena parte de imbéciles en serie. Y no son los gilipollas en sí los que les molestan, sino sus comportamientos de gilipollas que se niegan a cumplir las normas no escritas.