El humor masculino es una especie peculiar en sí misma, que a menudo gira en torno al arte de la exageración, la afición por lo absurdo y la habilidad de convertir incluso la situación más simple en una historia disparatada. Es el tipo de humor que prospera con una entrega impasible; piensen en el tipo que relata su épica aventura haciendo una barbacoa en el jardín como si acabara de regresar de una audaz expedición a la naturaleza, con sus heroicos casi accidentes y la misteriosa desaparición de los condimentos.
Uno de los encantos únicos del humor masculino es su amor por lo mundano. Una cortadora de césped rota o un control remoto extraviado pueden convertirse de repente en el centro de una historia escandalosa que te hace reír no porque la historia sea completamente creíble, sino porque el narrador insiste en tratarla como el descubrimiento del siglo.
Es un estilo que no requiere lenguaje florido ni planteamientos elaborados, solo una buena dosis de exageración, un toque de sarcasmo y alguna que otra incongruencia que, a su manera, cobra sentido. También hay una regla tácita entre los chicos: si puedes hacer reír a alguien con una ironía sobre un accidente deportivo o bromeando con el dudoso gusto de un amigo por las maquinitas, lo estás haciendo bien.
Es un humor que se nutre de experiencias compartidas, chistes internos y la comprensión mutua de que, a veces, las observaciones más sencillas, como el comportamiento de la espuma de la cerveza cuando se vierte en su punto justo, son las más hilarantes. Al final, el humor masculino se trata de encontrar la comedia en la vida cotidiana, por trivial que sea el tema, y compartir ese absurdo con quienes lo entiendan.




















